Conociendo al suegro

Posted on 15 octubre, 2014

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Conocí a Valeria cuando los dos vivíamos en Río Cuarto alejados de nuestras respectivas familias (en Córdoba Capital la de ella, en Jesús María la mía.) Iniciar una relación sin suegras ni cuñados es siempre una ventaja para los que somos poco afectos a las charlas por compromiso y muy pero muy quisquillosos con la comida.

Antes de conocer a mi familia política mi mujer me cuenta, como al pasar, que su padre le disparó a la cabeza a un tipo porque, a pesar de los pedidos de que no lo hiciera, siempre manoseaba el maní de cortesía que mi suegro ponía en la quiniela que manejaba. Después vinieron las aclaraciones: que tiró para asustarlo nomás, que obvio que no lo mató, que el tipo salió corriendo y nunca más volvió, que todavía está el agujero de bala en el techo, que por algo en el barrio le dicen “El Loco”…

De más está decir que me cagué en las patas y por nada del mundo quería conocerlo. Me volví experto en excusas para no conocer a mi suegro.

Un domingo a la tarde estando los dos en Córdoba, mi mujer visitando a su familia, yo de incógnito con mis amigos (la historia oficial dice que había estado en Jesús María con mi abuela recién operada de la cadera) quedamos en encontrarnos en la terminal para tomar el colectivo que nos llevara a Río Cuarto.

Abro paréntesis. Siempre me gustaron mucho los instrumentos musicales aunque soy inútil haciéndolos sonar. Después de cuatro años de piano no me sale ni el comienzo de “Para Elisa”. Cierro paréntesis.

Camino a la terminal pasé por una feria donde por fin encontré el instrumento que estaba buscando: un bongó. Estaba barato, lo compré, contesté el mensaje de Valeria diciendo que en cinco minutos llegaba a la terminal y caminé rápido esas 10 cuadras. Cuando llegué a la plataforma, vi a Valeria, le hice un gesto con la mano, enfilé hacia donde estaba y tarde advertí la trampa. Estaban mis suegros y mi cuñada.

Ahí estoy, barbudo, transpirado porque se me hacía tarde, con los ojos rojos por jugar al póker y tomar alcohol 48 horas seguidas y con un bongó bajo el brazo frente a mi suegro, el tipo que le tiró a la cabeza con un .38 a uno que le manoseaba el maní. Yo le manoseaba a la nena. Transpiré mucho más.

“¿Y esto?” me dice mientras le pega al bongó. Me quedó quieto, pensado qué decir sin parecer un jipi mugroso, la boca se empieza a mover, me sorprendo mintiendo: “Me gustan los instrumentos de percusión desde que tocaba el bombo en el destacamento cuando hice la colimba.” Mi suegro se sorprende, duda, me empieza a contar de cuando él hizo la colimba en Uspallata “con el hijo de puta del Sargento Benítez.”

–Benavídez.- lo corrijo con voz calma mientras el bongó se me resbala de los nervios- A mí también me asignaron ahí. Ya estaba retirado cuando llegué, pero igual pasaba a saludar. Quedó a cargo el otro, Gutiérrez -por suerte siempre hay un Gutiérrez-.

-De la que te salvaste- me dice- Ese Benavídez era un hijo puta en serio.

Asiento y me doy cuenta de la mentira que voy a tener que sostener durante años.

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