Los recuerdos de antes

Posted on 8 septiembre, 2011

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Cuando abrís la puerta hay un Mickey vestido como en Fantasía, aparentemente con el único propósito de volver más escalofriante la decoración. Una noche de lluvia y viento encontré ahí a Valeria. Ella lloraba porque estaba lejos de su casa. Yo me había acostumbrado a ser solo.

A esta altura hay que decir algo obvio, nadie está acá porque quiere. Los motivos son diversos, para algunos es la única manera de tener un techo que los cobije, para otros es un castigo. La mayoría somos muy vagos para buscar otro lugar. Estamos acá porque queremos.

Una vez cayó nieve, cosa rara porque nunca antes había caído nieve en serio. Siempre esa famosa precipitación atmosférica que a falta de un mejor nombre se decidió llamarla garrotillo, pero nunca nieve en serio. Valeria no existía y yo recién empezaba a ser solo. Ese es un recuerdo que no nos une.

Tampoco nos une que yo diga que voy a ir a casa en la Cumbancha y ella ni una sonrisa, ni siquiera cuando imitando al señor Burns digo ¡suba! y pongo la mano derecha como si fuera una pistola. Sí nos une el recuerdo de esa noche de viento y lluvia y el tétrico Mickey queriendo hacer magia desde la pared. Y también de las veces que se quedó dormida. Parece que le gustara quedarse dormida: en el cine viendo Terminator, en la cama viendo True Grit, al frente de la computadora viendo Wilfred. Con The big bang theory no se durmió tantas veces.

Otra vez vino un policía, le preguntó qué hacía acá. Contestó que acá vive. El tipo miró con una mezcla de lástima y miedo y se fue. Valeria después de eso le puso como medio kilo de azúcar a una salsa de tomate. Quedó rica.

Una vez conté cómo era un viaje desde mi casa hasta acá, pero le faltan unas partes. No dije de las ganas que tenía de verla. Tampoco conté que no la vi. Al momento de ese viaje Valeria sí existía y yo ya no era solo. Para ser honesto no conté muchas cosas porque no supe que sucedieron sino hasta hace un rato.

Hay una historia de fantasmas que se repitió en varios asados entre lágrimas y risas nerviosas. Eran las 4 de la mañana y en un pasillo descascarado y oscuro, la puerta de una heladera se cierra sola. Valeria nunca creyó mucho esa historia, debe sospechar que fui yo. Y yo no fui. Nunca cierro la puerta de la heladera. A mí me gusta apagar las luces y gritar en los pasillos cuando no hay nadie.

Todavía no me acostumbro a esto de ser fantasma.

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Posted in: Cosas porque sí