El esbirro

Posted on 18 julio, 2011

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Frente a sus ojos hay un barril que, junto a otros tantos similares, ha decorado desde siempre el sótano del palacio. Los pasos a su espalda se detuvieron y una pesada mano en su hombro le indicó que debía detenerse también. La mano en su hombro ejerce presión y se da cuenta que quien va a matarlo nunca antes ha tomado una vida.

La Señora dio la orden de matar a su mejor esbirro y quien la ejecuta es un aprendiz. Tal vez ése sea el verdadero castigo.

Mientras se arrodilla recuerda los hechos que lo trajeron hasta este desenlace. El abuelo decía que todos los hombres deciden cada acontecimiento en su vida desde el mismo momento de su nacimiento. Toda muerte es un suicidio dijo el abuelo y fue condenado a las llamas.

La Señora lo salvó de la turba que había ajusticiado al abuelo, lo tomó como vasallo, le enseñó el asesinato por conveniencia y él nunca, hasta ayer, la defraudó.

Sabe, como sabe cualquiera que va a morir, que su participación en la Historia será mínima y su final pasará desapercibido para todos. Un sacrificio que el hombre acostumbrado a la violencia entendió necesario y que será ignorado por filósofos y juglares.

Sabía que La Señora distinguiría entre el corazón de un venado y el de una joven. Sabía que a pesar de ese retraso La Señora la encontraría y la asesinaría. Lo sabía, pero esta vez sus manos no serían cómplices. No era lo mismo que asesinar al boticario, o al Señor, o al herrero. El abuelo le enseñó que la belleza de una doncella es de por sí milagrosa. Sus manos no iban a matar a un milagro.

Está bien morir así, piensa mientras su verdugo levanta el hacha que apunta a su cuello. Sus ojos se llenan con las imágenes de sus víctimas (algo extraño, están todas juntas pero no superpuestas) y supo que su muerte estaba decidida desde antes de desobedecer a La Señora. No asesinar a Blancanieves fue sólo circunstancial.

El último tonel de la fila detiene su cabeza.

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Posted in: Cuentos