La marca

Posted on 9 mayo, 2010

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La sangre recién derramada no era recibida todavía por la tierra. Comenzó a temblar por la emoción, el arma homicida se le escapó de las manos y le golpeó el pie izquierdo. Se agachó y la tomó nuevamente. Respiró profundo pero no pudo dejar de temblar. Otra vez se le cayó.

Pensó en esconder el cuerpo, pero inmediatamente lo supo inútil. Volvió a respirar profundo intentando lograr algo de calma y repasó por qué había llegado a este punto. Un poco para justificarse, otro poco para recordar que el castigo era algo que esperaba.

La frente le comenzó a doler. Escuchó a alguien gritar “¡Asesino!” Se dio vuelta para ver quién lo acusaba. Sólo estaban las montañas del Este.

Nunca supo que al enterarse del homicidio sus padres se separaron para siempre. No había pensado demasiado en ellos al planear el asesinato de su hermano. Además, eran también culpables de este final.

“La preferencia hacia los primogénitos encuentra por fin un límite” pensó mientras miraba su mano izquierda bañada en sangre. Los dos habían llevado sus ofrendas al mismo altar y obviamente eras distintas porque sus trabajos también lo eran. Preferir las ofrendas de su hermano a las de él era un acto de un Dios injusto.

El césped dejó de crecer bajo sus pies.

Una voz atronadora llenó el silencio al preguntar “¿Qué has hecho?”

-He puesto un poco de justicia en medio de tus caprichos, Señor. Recibiré todos los castigos que quieras y no protestaré. La condena eterna es poca cosa a cambio de que el Nombre de mi hermano permanezca en la ignominia para siempre.

-Te has vuelto loco Abel

-No Señor, a partir de ahora yo seré Caín


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Posted in: Cuentos